Las películas románticas siempre son muy bien recibidas por el público (sobre todo el femenino). A todos (y especialmente a todas) nos gusta fantasear ante la remota posibilidad de ser la típica protagonista de una de esas películas en las que hay un príncipe azul y un final feliz. La vida real no suele ser así: ni el príncipe azul es tan azul, ni los enamorados son capaces de mantener el amor de por vida. De ahí que defienda a ultranza la magia del cine y el poder de la sugestión.
Gracias a un sinfín de películas, los espectadores conseguimos evadirnos por un rato de nuestros problemas mundanos y soñar con historias llenas de un sublime romanticismo. Podemos incluso ser algo escépticos pero, al final, nadie puede evitar imaginarse qué pasaría si… si me tropezase un día con el hombre de mi vida… si tuviera unos hijos tan buenos y obedientes como es habitual en las ficciones… si tuviera una familia numerosa y unida como las que aparecen en las comedias típicas de Navidad…
Sin embargo, también existen otro tipo de historias de amor que llegan al corazón pero que tienen un final dramático. Son tragedias fruto de un amor imposible o tortuoso y, precisamente, es William Shakespeare uno de los autores más célebre en este sentido. Sus obras se han representado muchas veces en el cine y el teatro, además de inspirar también a otros escritores e incluso a compositores. De ahí, por ejemplo, óperas como “Otelo”, “Macbeth”, “Falstaff” y “Hamlet”.
Entre todas ellas también destaca la versión operística de “Romeo y Julieta”, lo cual me lleva a preguntarme: pese a la injusta y la desafortunada muerte de estos dos jóvenes amantes, ¿quién no ha deseado alguna vez sentir lo que ellos sintieron aunque eso implicara morir prematuramente?; ¿es un privilegio conocer el verdadero amor en una vida corta o tener una larga vida sin haberlo vivido?
…
Al margen de las muchas versiones de sus obras, la verdad es que también existen películas que se inspiran en ellas únicamente en lo esencial. Uno de los ejemplos más recientes es “Cartas a Julieta”. En este film, Sophie (Amanda Seyfried) viaja a la ciudad de Verona y encuentra una carta oculta detrás de una piedra, dejada muchos años atrás, en el muro de los amantes. Según la película, en dicho muro se dejan miles de cartas de los turistas; cartas dirigidas a Julieta sobre cuestiones de amor. Entonces, un grupo de mujeres contratadas por el Gobierno se dedica a contestarlas como si estuviese aconsejando la mismísima Julieta. Pues bien, la protagonista de la película decide responder a su autora (Claire) pese a los años de retraso y, además, la ayuda en persona a realizar la búsqueda de su viejo amor perdido (Lorenzo). A partir de ahí, se desencadenan espléndido momentos que, por supuesto, no pueden ser sino románticos.

Hace poco visité Verona y busqué con ilusión el famoso muro que aparece en la película pero, cuando pregunté por él, me dijeron que no existe. La película se lo inventa. Mi decepción fue grande porque, en sustitución, sólo pude ver el muro en el que la gente escribe sus nombres entre corazones; un muro que nada tiene que ver con el que albergaba tantas y tantísimas cartas traídas de todo el mundo. Menos mal que no se me ocurrió escribir la mía antes de tiempo. Mi intención era redactarla una vez encontrase el muro. Pero bueno, esto me ha enseñado que conviene tener muy presente dónde empieza la ficción y dónde la realidad.

Y hablando de realidades, pese a que en Verona existe la supuesta casa de Julieta, lo cierto es que no hay ninguna prueba fehaciente de que los Capuleto vivieron allí. Tanto esta familia como los Montesco sí existieron realmente, aunque no se sabe si vivieron en la península Itálica y tampoco se puede certificar que hayan sido rivales.
Por otro lado, existen registros en los que Girolamo della Corte, un italiano que vivió en la época de Shakespeare, afirma que la relación de los dos jóvenes amantes había ocurrido realmente en 1303, aunque ello no ha podido ser comprobado con certeza. Y otra fuente literaria (“La Divina Comedia”, de Dante Alighieri) menciona también a las dos familias. En este poema, Dante cita a los Montesco y a los Capuleto como participantes de una disputa comercial y política en Italia. En el mismo material, ambas familias se encuentran en el purgatorio, tristes y desoladas.
Y ahí no acaba la cosa, pues para el historiador Olin Moore, se trataba en realidad de dos importantes partidos políticos que se hallaban rivalizados en territorio italiano: los Gibelinos y los Guelfos.
No obstante, todo esto poco importa cuando la exageración y la mitificación puede ser un gran negocio (y menudo negocio…). 8 euros cuesta asomarse al balcón de Julieta y ver cuatro cosas del interior de la casa, lo cual es poco menos que un atraco. De ahí que otros muchos académicos consideren que en realidad estas familias nunca existieron. Lope de Vega y Matteo Bandello creían que la gente había enriquecido la “creencia” de su existencia con el paso del tiempo.

Por último, a pesar de las muchas voces discordantes y enfrentadas entre lo que sí sucedió y lo que no, para ciertas personas como el historiador Rainer Sousa, el amor trágico y desmedido de Romeo y Julieta parece instaurar un arquetipo del amor ideal, muchas veces distante de las experiencias afectivas cotidianamente experimentadas. Tal vez por eso, son varios los que acreditan que el amor sin medida, como el del caso shakespeariano, es real.
Cuando no se ama demasiado no se ama lo suficiente (Blaise Pascal)
Se necesita sólo de un minuto para que te fijes en alguien, una hora para que te guste, un dia para quererlo, pero se necesita de toda una vida para que lo puedas olvidar (Anónimo)
Es triste mirar al mar en una noche sin luna pero más triste es amar sin esperanza alguna (J. Efrain Suazo)
Si no recuerdas la más ligera locura en que el amor te hizo caer, no has amado. (W. Shakespeare)
Etiquetas: 
