“MADRES E HIJAS”
Los pilares tienen la función de sostener una construcción. Si fallan y no cumplen bien su cometido, todo lo que aguantan cae estrepitosamente. Ante éste supuesto caso, el caos sería inminente y el miedo se adueñaría de todos los que estuvieran cerca del derrumbamiento.
La consecuente polvareda sería, quizás, el menor de los problemas, pero sí ocasionaría una ceguera momentánea que apenas dejaría visionar un haz de luz entre tanto escombro. Seguramente encontraríamos personas valientes que sabrían salir de allí y ponerse a salvo (e incluso ayudarían a cuantos encontraran durante el camino). Pero, junto a estas personas decididas y resolutivas, también abundarían aquellas otras que, paralizadas por el miedo, preferirían quedarse donde están y no dar ni siquiera un sólo paso. Esperarían que alguien les hiciera ver el camino correcto, antes que enfrentarse a lo desconocido.
¿Y qué tiene que ver todo esto con las madres y las hijas? Pues mucho más de lo que a primera vista parece. Sigan leyendo y les cuento. Lo que puede sucederles a LOS PILARES DE UNA CONSTRUCCIÓN también puede pasarles a LOS PILARES DE NUESTRA VIDA. Aunque estos sean etéreos y no se puedan palpar, la carencia de alguno de ellos puede ocasionar en nosotros cierta inestabilidad emocional.

Si, por una de esas, el destino nos aguardase un futuro sin pilares (o si alguno de ellos fuera visiblemente débil y poco macizo), entonces el derrumbe tendría las mismas consecuencias en éste otro supuesto caso (tan diferente en la realidad, como tan similar en un sentido figurado). ¿Y qué pilares son ésos? Pues cada persona tiene los suyos propios. Depende mucho de las prioridades que uno tenga en su vida pero, en cualquiera de los casos, todos solemos coincidir especialmente en dos: LA FAMILIA Y LA AMISTAD.
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Los principales lazos o vínculos entre personas son de dos tipos: los vínculos de afinidad reconocidos socialmente (como el matrimonio)y los vínculos de consanguinidad (la filiación entre padres e hijos o los lazos que se establecen entre hermanos).
Ni rastro de la amistad. Me resulta bastante extraño que no se considere “oficialmente” como un vínculo de afinidad. ¿Es que la amistad no es fruto de un mutuo entendimiento entre las partes y una compatibilidad de caracteres? Alguien muy sabio dijo una vez que los amigos son la familia que Dios nos permitió escoger. ¿Y no es cierto también que este vínculo a veces puede ser de mucha mayor afinidad que el vínculo matrimonial? Por supuesto que uno también escoge a su pareja, pero esta elección es, en mi opinión, algo más compleja. Hay dos diferencias entre el matrimonio y la amistad, que son: la pasión (algo pasajero) y el amor (algo perpetuo e incondicional, que no siempre surge tras el enamoramiento).
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La película “Madres e hijas” (actualmente en cartel) habla de la fuerza de los lazos familiares y de las duras elecciones que la vida obliga a tomar. El film cuenta tres historias paralelas y unidas por un mismo suceso: la pérdida de un hijo o de una madre (según el punto de vista desde el que se mire). La cinta tiene presente las dos partes por igual y eso es lo realmente interesante. Estamos hablando de dos pilares fundamentales en la vida que, en lugar de sostener el peso, caen dejando tras de sí una enorme polvareda.
Entre todas y cada una de las posibles relaciones de consanguinidad, no hay lazo más fuerte y más especial que aquél que une a la madre con sus hijos. Pero, ¿y si la madre (de 14 años) toma la decisión de dar en adopción a su bebé (tal y como sucede en la película)? Si atendemos a la razón, la elección es acertada y lógica porque una niña de esa edad no puede cargar con una responsabilidad de esta magnitud. No está capacitada ni tampoco preparada para ello.
Pero si atendemos al corazón, nos damos cuenta de que la situación, además de delicada, supone un antes y un después. La que ha sido madre se sentirá culpable el resto de su vida, y gran parte de sus pensamientos serán para ese niño que dejó un día escapar de sus brazos. Mientras tanto, ese bebé arrastrará siempre un pesar muy grande: el abandono. No es un tópico: la ausencia de una madre (biológica) deja siempre un agujero en el alma.
Sin embargo, para ser más exactos si cabe, convendría matizar que ser madre implica mucho más que dar a luz a un bebé. Tener hijos no lo convierte a uno en padre, del mismo modo que tener un piano no lo vuelve pianista, dijo Michael Levine, escritor y hombre de negocios estadounidense. Es entonces cuando aparece (o debería aparecer) una figura muy especial y fundamental; un nuevo pilar que puede reconstruir el caos del niño y minimizar su pena: la madre adoptiva, la que en estos casos es la madre de verdad.

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Laura, me ha gustado mucho…
Gracias…. Rabbit. Se agradece. Un abrazo.