“Cada día que pasa se publican en la Red miles de documentos nuevos y se conectan por primera vez miles de personas”. Así de contundente comenzaba un artículo publicado en 2004 que el otro día encontré por casualidad. Han pasado cinco años desde entonces y ahora la información que circula por Internet equivale a 3 millones de veces la cantidad de libros escritos en la historia. Una sola palabra puede describir mi sensación: inquietud.
Las intenciones son buenas: que todo el mundo pueda acceder a la información de manera rápida y eficaz. La realidad no lo es tanto: una red de estas características permite rozar la ilegalidad con suma facilidad, bajo rostros camuflados e identidades falsas. Pero esa es solamente la parte más grave del asunto, ya que también existen otras formas de usar Internet de manera desproporcionada e irresponsable. Veamos dos ejemplos.

LA PIRATERÍA
La industria cinematográfica y las discográficas han salido muy mal paradas ante la emergencia y consolidación de Internet. Tiemblan ante la posibilidad de perder gran parte de sus beneficios. Es cierto que todavía hay personas que van al cine, a pesar del brutal encarecimiento de las entradas, pero la verdad es un poco más complicada, pues en el fondo nadie se abstiene de bajar películas por Internet o verlas online.
Las discográficas lo tienen más crudo aún, pues los discos ya no tienen futuro. Emule y otros programas similares permiten descargar música en tiempo récord. Cuesta mucho más ir al Corte Inglés y comprar el último álbum de tu grupo favorito, que hacer un par de movimientos de ratón y conseguirlo sin ninguna traba informática.
Las series de televisión también circulan por Internet mucho antes de estrenarse en televisión. Hace poco, por ejemplo, descubrí la nueva temporada de “Smallville“. Mientras TVE2 repone episodios sin cesar, muchas páginas web ofrecen los nuevos sin pausas publicitarias que impacientan al espectador. Aprovecho para decir que la novena temporada de “Smallville” es fantástica, ya que supone un punto de inflexión en la historia de Clark Kent. Aún no lleva su clásico conjunto rojo y azul, sino que luce un traje negro que describe una etapa de su vida marcada por la incertidumbre.

El nuevo Clark Kent
Otra industria puede verse también en la cuerda floja ante la existencia de los libros digitales. Me refiero a la piratería literaria. Ya me veo buscando novelas recientemente publicadas en Internet, descargándolas en muy poco tiempo y guardándolas en mi nuevo aparato digital para la lectura instantánea.
Estoy segura de que los libros digitales pronto encontrarán la manera de captar la atención de los lectores más voraces. Serán muchos los que se sientan atraídos ante la posibilidad de tener una pantalla fácilmente portátil que acumule cientos de novelas y vaciar las estanterías de la casa. Aún así, yo sigo considerándome bastante reacia a estas cosas. Prefiero un libro de papel, pasar las hojas y doblarlas si me apetece para señalar algo interesante.
LA CIRCULACIÓN DE INFORMACIÓN INÚTIL, POCO FIABLE Y EN ABSOLUTO CONTRASTADA
Solamente los diarios digitales de cierto renombre y las páginas web oficiales cumplen debidamente las normas éticas y deontológicas que todo buen periodismo precisa. Garantizar a los internautas veracidad, profesionalidad y calidad es muy importante en un momento en el que predomina todo lo contrario. Y ahí es donde el buen periodismo digital debe dar la nota en una sociedad cuyas últimas generaciones han nacido ya con un teclado bajo el brazo.
Este nuevo panorama digital pone en peligro los formatos periodísticos tradicionales pero, pese a ello, se trata de una nueva salida profesional que puede aportar novedades en la producción, distribución y lectura de la información diaria.
El periodismo está cambiando mucho y muy rápido: algunos dicen que modernizándose y otros que simplificándose. La modernización supone en cierta medida progreso pero si, por el contrario, subrayamos la simplificación comprobamos que estar en el lugar del suceso y obtener la información de primera mano ya no es tan importante porque ahora no hace falta moverse de la redacción. El peligro es que los periodistas caigamos fácilmente en el pasotismo y la pereza (posturas que, por simple definición y tradición, son totalmente antiperiodísticas).
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No hay ninguna duda: Internet es una gran revolución de reconocida importancia que ha cambiado por completo nuestras vidas, del mismo modo que lo hizo en su momento el teléfono móvil. La clave es utilizar correctamente y sin trampas los nuevos inventos que facilitan el día a día. Su consolidación es incuestionable y, si al principio se consideró una herramienta de trabajo útil, ahora se ha convertido en una necesidad. Vivir sin teclado ni ratón (aunque sea sólo por un día) puede llegar a ser un revés de gran magnitud porque, cuando uno se acostumbra a conducir un Ferrari, ¿cómo vas a pedirle que de repente coja una bicicleta?
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Totalmente de acuerdo con tu análisis. Pero yo voy un poco más allá: es necesaria una regulación jurídica de internet, ya que éste se asemeja más al lejano oeste americano que al libre tránsito de Manhattan.
La “libertad” entraña algunos peligros. Nunca puede ser plena porque no sabemos hacer un buen uso de ella siempre y en todo momento. Por eso tienes razón. El uso de Internet no debería ser tan libre, sino que debería regularse mínimamente.