“The Lovely Bones”: Desde todos y cada uno de nuestros cielos

“The Lovely Bones”: Desde todos y cada uno de nuestros cielos

Ahora mismo termino de ver “The Lovely Bones”, largometraje al más puro estilo adolescente americano basado en la novela del mismo nombre (la cual nos llegó a España con el título de “Desde mi cielo”), escrita por la autora Alice Sebold en 2003. “The lovely bones” relata la existencia mayoritariamente extraterrenal de la pequeña Susie Salmon, una niña de 14 años que ha sido brutal e impiamente violada y asesinada por uno de esos pedófilos que, al parecer, nos acecharon de niños tras los setos de cualquier vecindario. En una tentativa de comprender lo sucedido, Susie contemplará, desde sus “múltiples cielos” la pugna de sus allegados por averiguar la verdad sin que ello influya en la superación de la pérdida, así como la de su verdugo por deshacerse de la impronta de su vileza y hallar una víctima capaz de satisfacer sus peores instintos.

Recuerdo que la novela, muy recomendable a mi juicio para cualquier adolescente en quien la afición por la palabra escrita esté comenzando a germinar, ahondaba, desde la cándida ternura de una jovencita en la que la crudeza de la existencia humana empieza a infiltrarse en su existencia, en la sed de comprensión como paso unívoco y previo a la aceptación de lo ocurrido. El filme, por el contrario, ha optado por edulcorar el hilo argumental de ésta con imágenes sensibleras y desgarradoras de llanto y desolación al son de dramáticas melodías así como el fatídico concepto del “alma errante” que vaga por un orbe intermedio entre el mundo de los vivos y el descanso eterno a la espera de hallar una respuesta que le facilite cruzar el umbral. No obstante, y en ausencia de una película mejor que comentar esta semana (y una gran gota de sudor comienza a deslizarse por mi frente ante la perspectiva de tener algo que escribir para la próxima), procederé a regodearme en la “teoría celestial” tan dudosamente atajada en “The Lovely Bones”

En primer lugar, no puedo evitar preguntarme por qué en el idioma español, al igual que en la mayoría de lenguas latinas, empleamos el mismo término para designar a “la esfera aparente azul y diáfana que rodea la Tierra” y a la “morada en que los ángeles, los santos y los bienaventurados gozan de la presencia de Dios” (que conste que tales definiciones han sido literalmente copiadas del diccionario de la real Academia de la Lengua Española y no proceden, en ningún caso, de mi propia cosecha). No es así en muchas lenguas germánicas y en el tan repudiado por el españolito medio idioma de Shakespeare, donde el “cielo físico” es denominado como “sky” y el “cielo espiritual” como “heaven”.

Pese a que tradicionalmente se halle ligado al concepto místico de la gloria eterna del alma libre o purificada de todo pecado terrenal, intuyo que, devotos creyentes o acérrimos agnósticos, todos albergamos en lo más íntimo de nuestro ser los bocetos de ese “lugar inmaterial” o “espacio adimensional” en el cual ansiamos aposentarnos para toda la eternidad. Tal vez el curso de la vida nos obsequia durante millonésimas de segundo con los ínfimos fotogramas que debemos ir secuenciando y zurciendo en vistas a la proyección de nuestra propia película celestial, emergiendo en nuestras neuronas modelos excesivamente corpóreos de lo que debería ser un bosquejo meramente espiritual. Pero lo cierto es que, si existe un cielo, sobre lo cual todos no podemos sino cobijar una duda razonable independientemente de nuestro credo (y esto lo dice una persona creyente aunque no muy devota de la rigidez dogmática de muchas religiones), ningún ser viviente podrá verlo, intuirlo, o gozarlo mientras continúe siéndolo. Disfrutemos, por tanto, de nuestros paupérrimos y sacrílegos esquemas mentales mientras nos quede una gota de sangre en las venas. Para darle un reposo eterno a nuestra alma, ya habrá tiempo después.

Porque el cielo puede estar en una hamaca que, atada a dos palmeras, te mece al son de la brisa marina mientras escuchas el crepitar de la espuma a escasos palmos de tu cuerpo. O en una limusina de recorrido interminable donde el champagne nunca se agota y un grupito de pimpollines del género que a cada uno más le guste te ríe las gracias. Tal vez se trate de un bombón con el que te deleitas de madrugada tras una larga jornada laboral, o del roce del dorso de tu mano con la piel de un niño apaciblemente dormido. Y en ocasiones, el cielo simplemente penetra cual rayo de sol por un resquicio de tu ventana y atempera tu espíritu cuando no tienes que madrugar, y se encuentra en los ojos de quien ya te mira cuando tú abres los tuyos.

Si hay una cosa clara, es que el cielo no tiene límites. Que cada cual edifique el suyo donde le dé la real gana.


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3 Comentarios to ““The Lovely Bones”: Desde todos y cada uno de nuestros cielos”

  1. guaye dice:

    te había escrito un mensaje super bonito y se ha borrado, puta suma.

  2. InGodWeTrust dice:

    De acuerdo contigo con que el cielo es infinito.
    Pero yo sí creo que ambos dos están arriba.

  3. laurab dice:

    Me ha gustado mucho tu reflexión. Además, comparto muchas de las cosas que dices. Sigue así.

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