De nada o de muy poco. Si bien es cierto que este tipo de programas no aportan nada bueno, cierto es también que tienen éxito. Triste realidad ésta que define una sociedad enrarecida que busca el entretenimiento en gallineros televisivos (en lugar de hacerlo en los libros o en el cine, por ejemplo).
Pese a que reconozco que, en ocasiones, veo fragmentos de “Sálvame” por mera curiosidad, me indigna que las audiencias se disparen cuando aparece en escena Belén Esteban. Antes (no hace tanto tiempo), la gente solía aplaudir a los artistas o a los personajes famosos que lo son por otra clase de méritos como, por ejemplo, pertenecer a la alta sociedad. Ahora, en cambio, aplauden a los llamados comúnmente famosillos (algunos de ellos apellidados gentuza) que más se asemejan a una fauna que a cualquier otra cosa y que, por motivos que escapan a lo meritorio, se pasean de plató en plató con total libertad y con los bolsillos llenos de mucho dinero.
Como periodista, no es concebible que se hable de periodismo rosa, pues es todo menos periodismo. Sin embargo, sí es mucho más acertado referirse a la prensa rosa o a los programas del corazón como un género aparte cuya importancia deberíamos ajustar y calibrar. Me parece desproporcionada la presencia de programas en televisión estilo “Sálvame” o de revistas de cotilleo en los kioscos de medio mundo, en comparación con la cantidad de programas de mayor seriedad y revistas de información de actualidad. ¿No deberíamos acaso regularizar un poco todo esto? Al fin y al cabo, gran parte del prestigio de los periodistas depende de ello.
Dicho esto, comparto la opinión de Sandra Llinares, periodista del Diario Información, quien dice lo siguiente:
“Con programas como Gran Hermano y otro séquito de espacios televisivos, asistimos a la democratización del famoso. Cualquiera puede serlo a costa de montajes, peleas, sexo ante las cámaras y broncas bochornosas repletas de insultos. Programas enteros y, lo que es peor, cadenas enteras, proyectan este tipo de encuentros, siempre amañados, para ganar audiencias, y lo que ya es lo peor de todo, ocupando casi el 90 por ciento de su parrilla televisiva, y lo que ya ronda el colmo de los colmos, el 100 por cien de la misma en algunos casos. Lo más desquiciante es que, encima, eso se haga a costa de información de calidad capitaneada por un Iñaki Gabilondo que, con más o menos encaje ante la cámara televisiva que ante un micrófono de radio, es un profesional del Periodismo. Por ello, es importante la reflexión sobre qué contenidos hay que fomentar, con qué personajes, de qué modo, en qué cantidades y a costa de qué”.
“La prensa rosa, aunque esté dotada de contenidos frívolos, forma parte de nuestra cultura editorial y televisiva, pero la competencia creada por esos nuevos espacios la ha viciado en muchos casos. No veo por qué no ha de ser respetable el consumo de productos vinculados a la vida social de personajes públicos en los que cabe la autolimitación ética y deontológica ante la falta de respeto por la intimidad y el honor de los protagonistas, cuando diariamente mucha gente se dedica a echar por tierra la vida del vecino. Por otro lado, la bronca fácil pagada con varios miles de euros, la vulgaridad y el chavacanismo se han puesto de moda. Sólo un consumo adecuado de “contenidos-basura”, que en este caso sería el no consumo, permitirá que éstos no lleguen a ser una tradición en los medios de comunicación como sí lo es la llamada prensa rosa”.

Hoy por hoy, momento en el que más posibilidades tenemos para hacer grandes programas de interés general, más éxito tiene “Sálvame”. El otro día oí una reflexión del famoso productor, presentador y ventrílocuo José Luis Moreno que venía a decir que, en este mundo, hay cosas peores que la telebasura, ya que por lo menos ésta entretiene a la gente. No comparto esta opinión porque, si se trata de entretener, casi son preferibles los concursos, el cine e, incluso, lo dibujos animados.
Moreno, en cambio, dijo también otra cosa con la que sí estoy de acuerdo: en esta vida, toda persona tiene lo que se merece. ¿Quizás es que, después de todo, nos merecemos la tele que tenemos?; ¿no deberíamos luchar por una programación más rica y de calidad?; ¿de verdad somos capaces de conformarnos con espacios que acumulan infinitas quejas por no cumplir el Código de Autorregulación de Contenidos Televisivos e Infancia?
Por otra parte, yo me pregunto: si es cierto que diversos organismos públicos y particulares han solicitado la inmediata retirada de “Sálvame”, ¿por qué no se ha hecho ya?; ¿qué está sucediendo?; ¿tanto dinero da el morbo, el lenguaje grosero, las descalificaciones, los gritos, las peleas y las campañas de acoso hacia determinados personajes? Pues parece ser que sí porque, incluso, se ha llegado a premiar todo esto. En 2009, el programa “Sálvame” se vio envuelto en polémica al serle concedido el Premio Ondas (en el apartado de mejor presentador de televisión) a Jorge Javier Vázquez, lo que fue considerado “vergonzoso” por buena parte de los profesionales del sector periodístico. Ello hizo que Carlos Francino, quien debía entregarle el premio, se negara a hacerlo con rotundidad y con un par de narices.

Y ya que hablamos de periodistas de verdad, hay una cosa que me hizo mucha gracia la semana pasada en “Sálvame”. Belén Esteban descubrió las Américas cuando dijo que Aurelio Manzano no es periodista porque no tiene la carrera. ¿Cómo? No me digas… -pensé yo-. Ni él ni ella ni el 80% de los colaboradores.
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Me ha gustado mucho Laura.
Gracias Víctorrrrr