He decidió retomar el tema de la semana pasada, pero esta vez centrado en las políticas de igualdad (políticas que ahora están muy de moda y suscitan tanta polémica).
Algunos detractores afirman que estas leyes tienen efectos colaterales que, muy lejos de ser positivos, llegan a ser igual de discriminatorios. Al reparar una injusticia histórica -dicen-, se comete sistemáticamente otra del mismo calibre. Parece como si la balanza se desajustase por sí misma y no permitiese ninguna compensación entre las partes. Siempre acaba perdiendo alguien.

Pese a estos argumentos, yo no me incluyo entre los que se oponen a este tipo de leyes. Si actualmente se aprueban políticas de igualdad, no creo que sea por mero capricho; ni mucho menos pienso que se trate de una discriminación positiva. Entiendo que en una sociedad como la nuestra los cambios de pensamiento tienen que empezar a producirse a través de dos vías que, simultáneamente, van trazando el camino: mediante normas (legislativas) y mediante exigencias (morales). A partir de ahí, se supone que todo va rodado.
Hasta este punto, todo genial. Pero hay un problema: el plazo de tiempo que requiere este proceso es muy largo y, posiblemente, ni yo ni todos los que estáis leyendo este artículo podremos verlo. Cuanto más observo el panorama actual, más percibo el gran espacio que hay entre lo que se quiere mejorar y lo que se mejora.
La vida misma nos demuestra, día tras día, que nuestra generación de mujeres todavía tiene mucho por lo que luchar. ¿No es cierto que por más leyes que se aprueban, por ahora los prejuicios siguen existiendo y a las mujeres se nos sigue mirando con lupa? Sí, veinteañeras y treintañeras, a nosotras nos ha tocado vivir el momento de la transición.
Etiquetas: 

Lo que no sé es por qué las llaman políticas de igualdad, cuando son abiertamente sexistas y anticonstitucionales. Gobierno rojo-fascista de la sección femenina de los nazis. Igualito que en 1984.