El holocausto fue una de las peores tragedias acaecidas en la historia de la humanidad, difícil de olvidar y cuyas consecuencias y repercusiones provocaron heridas imborrables en todos aquellos que lo vivieron pero también en generaciones posteriores. Dicen que jamás debemos olvidar lo que sucedió por entonces, especialmente para que nunca más vuelva a repetirse. En ese ejercicio de recordar para no repetir errores del pasado, el cine juega un papel fundamental, ya que la temática del holocausto ha sido un tema más que explotado en infinidad de argumentos y contenidos.
“La deuda” es la última película que, en este sentido, procura llamar nuestra atención. Se trata de un thriller político interesante, ameno, con un cierto grado de acción y un claro mensaje final. Pese a que algunas críticas apuntan que es decepcionante, yo no estoy de acuerdo. Me considero una buena cinéfila y, si alguien confía en mi gusto, recomiendo que se vea.
En mi modesta opinión, la película es una emocionante y ágil historia humana con trasfondo histórico. Habla, en fin, de un tipo de deuda que no tiene nada que ver ni con la económica, ni la antropológica, ni la jurídica. En términos éticos, la deuda es la presión que ejerce la razón sobre la voluntad, en virtud de un compromiso contraído con alguien o con algún valor moral.
En el film, los tres personajes protagonistas viven con el peso de una mentira que, desde el instante que se pusieron de acuerdo para decirla y mantenerla, les ha martirizado el alma y coaccionando la vida. El transcurso del tiempo, lejos de mitigar la culpa, la convierte en una losa difícil de eludir; más aún cuando uno está obligado a dar charlas constantemente sobre algo que no sucedió de esa manera y a comportarse como si uno fuera el héroe que en realidad no es. De alguna manera, esto podría considerarse algo así como una justicia divina que, en sustitución de la terrenal, ejerce una gran presión sobre los personajes.
La historia de “La deuda” empieza en 1997, cuando dos agentes del Mossad ya retirados, Rachel y Stephan, reciben una noticia sorprendente acerca de su antiguo compañero, David. Los tres se convirtieron en figuras muy respetadas en Israel después de una misión que realizaron entre 1965 y 1966 cuando localizaron en Berlín Este al criminal de guerra nazi Dieter Vogel, el temible “Cirujano de Birkenau”.
El equipo arriesgó mucho y pagó un considerable precio para cumplir la misión. La pregunta es: ¿de verdad la cumplieron? Poco a poco, a lo largo del largometraje, intuimos que algo se nos escapa. Gracias a los sucesivos saltos en el tiempo, al espectador se le va revelando el quid de la cuestión. Y una vez llegados a ese punto de lucidez total, tan sólo nos cabe esperar la resolución final, es decir, la decisión de Rachel: acertada pero tardía o desacertada pero la más cómoda para todos. Dicho esto, ¿se justifica mentir para reivindicar a las víctimas y matar moralmente al verdugo?; ¿es el heroísmo una razón de Estado?
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En “La deuda” es especialmente destacable el reparto. Jessica Chastain, Sam Worthington y Marton Csokas son los tres jóvenes agentes del Mossad cuando se hallan en plena misión. Helen Mirren, Ciarán Hinds y Tom Wilkinson son los mismos personajes treinta años después, momento en el que la conciencia, el remordimiento y la realidad pesan mucho más que la mentira (por más enquistada que ésta se encuentre a esas alturas de la vida).
De todos los nombres citados, el más conocido por todos es el de Hellen Mirren (quizás el gancho más sólido del film). Ella es una de las pocas actrices que ha ganado los cuatro premios principales dentro del cine comercial por una sola película (“The Queen”): el Óscar, el BAFTA, el Globo de Oro y el Premio del Sindicato de Actores. Sin duda alguna, todo un récord y toda una satisfacción para esta veterana actriz.


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