Ahora más que nunca tenemos a nuestro alcance (a tan sólo un toque en el botón del mando a distancia) decenas de canales de televisión y una programación variada. A veces, ésta deja mucho que desear y, en otras ocasiones, habríamos de alabar con más ahínco los programas que se hacen en pro de la calidad y la buena información: veraz, contrastada y contada con la mayor imparcialidad posible.
No sólo los debates, coloquios y entrevistas merecen ese aluvión de buenas críticas por parte de la audiencia, sino también y muy especialmente los informativos. Puede que tan sólo duren 30 minutos o un poco más, pero es importante saber que detrás hay mucho trabajo, estrés y nervios de última hora.
Si pudiéramos ver por un agujero lo que sucede detrás de las cámaras, observaríamos problemas de todo tipo, imágenes que no salen en el momento preciso, decisiones apresuradas de unos, el acatamiento resignado de otros, y periodistas a todo correr para acabar la pieza que tiene que salir sí o sí en cinco minutos. Ni qué decir cabe que el presentador que vemos diariamente en la pantalla es sólo una pequeña parte de lo que se cuece en una redacción y en un plató de televisión.
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Y ahora, pasemos a la cuestión central de este artículo: el papel de la mujer en los medios de comunicación. Para empezar, no habría periodismo sin libertar de expresión y, aunque el sistema democrático posibilita esta libertad, hay algo que nubla esta quimera: la tendencia a excluir a la mitad de la ciudadanía en ciertos campos.
Todavía queda mucho por hacer, pero también es verdad que las cosas han cambiado bastante de un tiempo a esta parte. Los servicios informativos de televisión, por ejemplo, son un buen reflejo de lo que está sucediendo.
Una de las periodistas de máxima referencia es Pepa Bueno, quien afirma que a las presentadoras de informativos no se las valora de la misma manera. “El nivel de exigencia estética sigue siendo de una tiranía absoluta”. Había una leyenda que decía que las mujeres no podían funcionar en los informativos del prime time. De hecho, “por primera vez en 50 años de la televisión pública, es una mujer la que dirige y presenta el telediario de las nueve de la noche”.Son muchas profesionales las que han demostrado que todo prejuicio es infundado. Además de Pepa Bueno, hoy en día destacan otros nombres como el de Cristina Villanueva en La Sexta, Lourdes Maldonado en Antena 3, Mara Torres en La 2 y Carme Chaparro en Tele 5.
Más de 11 millones de espectadores las siguen cada día para saber lo que pasa en el mundo. Ellas son el rostro de la credibilidad, el saber estar, la sensibilidad y la cercanía. Y muchas mujeres, igual o más preparadas, están también a la espera de tener una oportunidad. Son las nuevas generaciones de periodistas llenas de ilusión y ganas de comerse el mundo.
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Evidentemente, es absurdo negar lo evidente: hombres y mujeres somos diferentes, lo cual no debería ser un problema sino, en realidad, un valor añadido. En este caso, las diferencias de género pueden enriquecer la información que se ofrece a los telespectadores. Carme Chaparro también tiene una opinión al respecto: “Las mujeres tenemos otra agenda, ni mejor ni peor, pero diferente. Cuando mandas a un hombre a la guerra, te habla del misil y del tanque. Cuando las mujeres empezaron a cubrir conflictos, contaron los dramas de los exiliados y de la gente que caminaba horas para coger agua en una fuente infecta. Tenemos otra manera de ver las cosas y de decidir qué contamos”.
Lo que está claro es que existen buenos y malos comunicadores, tanto hombres como mujeres. Es una cuestión de capacidad y no de género. Hay personas que traspasan la pantalla y otras que se quedan detrás. En eso creo que casi todos estamos de acuerdo. Ahora falta aplicar la teoría, cosa que sólo es posible si se echan a la basura las ideas preconcebidas y los prejuicios sin fundamento. La igualdad de oportunidades (que no la igualdad como forma de alineamiento) debe aplicarse con regularidad y no a cuenta gotas solamente porque la ley así lo exija.
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