QUIEN CONSERVA LA CAPACIDAD DE VER LA BELLEZA NO ENVEJECE
“El retrato de Dorian Grey” es uno de los clásicos modernos de la literatura occidental. La historia que nos cuenta Oscar Wilde en su emblemática novela tiene un marcado sello gótico y de por sí bastante escalofriante. Ése podría ser perfectamente el adjetivo que mejor describe su obra (escalofriante).
El protagonista es Dorian Gray, un joven y atractivo aristócrata que llama la atención de cuantos se cruzan por su camino. Uno de ellos es el artista Basil Hallward quien, embelesado por la belleza física de Dorian, no duda en retratarlo. Es entonces cuando el pintor le presenta a Lord Henry Wotton, cuya visión del mundo primero le sorprende y luego le atrae.
Para Lord Henry, lo único que vale la pena en la vida es la belleza y la satisfacción de los sentidos. Dorian, al darse cuenta de que un día su belleza se desvanecerá irremediablemente, desea con todas sus fuerzas mantenerse siempre joven. El deseo se cumple y, mientras él mantiene para siempre la misma apariencia, su retrato envejece en su lugar. Al mismo tiempo, las desfiguraciones de su rostro reflejan también el pésimo estado de su alma. La búsqueda del placer inmediato, la vanidad y el libertinaje lo conducen a la locura y a la perversión.

A diferencia de Fausto (personaje literario que vendió su alma al diablo para obtener sabiduría), Dorian Grey es arrastrado por una mala influencia de carne y hueso. Lord Henry es, pues, el personaje clave que desata la trama. Figuradamente representa al diablo que tienta al joven e inocente aristócrata cuando éste llega a Londres. Con artimañas, frases poéticas y lucidoras, y una peculiar y atractiva filosofía de vida, consigue cautivar a Dorian. La única forma de escapar de una tentación es dejarse arrastrar por ella -dice Lord Henry como si de su propio lema se tratara-.
Pues bien, hoy en día Dorian Gray se ha convertido en un mito y representa todo lo que debemos evitar a toda costa. Por eso, nunca nadie ha querido que lo olvidemos del todo, por lo que se han hecho posteriormente obras de teatro y películas sobre el personaje de Oscar Wilde. Por ejemplo, la versión cinematográfica más memorable de entre todas es la de 1945. Dirigida por Albert Lewin, la película ganó un Oscar a la Mejor Fotografía y Angela Lansbutry obtuvo un Globo de Oro a la Mejor Actriz de Reparto. Dorian era el actor Hurd Hatfield y George Sanders interpretaba a Lord Henry.
En cuanto a la última versión (que se estrenaba la semana pasada en España), no hay nada nuevo que añadir, salvo aspectos técnicos que, en comparación con versiones anteriores, han sido muy mejorados.

…
Tanto la novela como la película transmiten un serio mensaje al lector/espectador y es que la simple belleza, la juventud desbocada y el sumo placer sin condiciones únicamente pueden conducir al desastre. Mal que nos pese, lo natural en esta vida es envejecer, madurar y que los años nos enseñen el valor de las pequeñas cosas. Lo contrario es antinatural y, quizás por ello, no sería tan descabellado pensar que el diablo está detrás.
Por todo ello, “El retrato de Dorian Grey” resulta ser una obra espeluznante, pues el anhelo por mantener la juventud y la belleza es común en todos y cada uno de los seres humano. Nadie quiere envejecer; todos queremos permanecer y, ante la imposibilidad de ser inmortales, tan sólo nos queda la resignación.
Pero, ¿y si tuviéramos a nuestro alcance la fórmula para alcanzar la eterna juventud?, ¿aprovecharíamos la oportunidad? Tan sólo imaginar esta posibilidad, me pone los pelos de punta. No creo que todo sea tan bonito como nuestra propia imaginación puede hacernos ver. Puede que algún día la ciencia o la química descubran una milagrosa pócima pero, sinceramente, eso nada tiene que ver con la verdadera felicidad (la que realmente merece la pena).
Un día, Kafka estaba paseando por Praga con un amigo y le decía: La juventud es feliz porque posee la capacidad de ver la belleza. Es al perder esta capacidad cuando comienza el penoso envejecimiento, la decadencia, la infelicidad. Entonces su amigo le preguntó: Entonces, ¿la vejez excluye toda posibilidad de felicidad? Y Kafka respondió: No. La felicidad excluye a la vejez. Quien conserva la capacidad de ver la belleza no envejece.
Etiquetas: 
