“¡¡Ésa, esa película la quiero ver cuando la estrenen!!” -le dije a un amigo mío cuando la sala estaba ya oscura-. Ambos, cómodos en nuestros asientos, estábamos más que preparados para disfrutar de una de nuestras frecuentes sesiones de cine. Era la hora de los trailers previos a la proyección: algunos cumplen su función (atrapar al espectador para que éste no olvide volver al cine), mientras que otros presentan unos resúmenes argumentales excesivamente extensos. Seguro que más de una vez habéis pensado que quien montó el trailer no estaba precisamente dotado de una gran capacidad sintética. Pasan los minutos y te das cuenta que prácticamente te han contado la historia entera y, si se trata de una comedia, lo más probable es que hayas visto todos los gags que valen la pena. Pero bueno, aunque de vez en cuando nos hagan esa “guarrada”, la verdad es que yo no concibo ir al cine y no ver antes dos o tres trailers que abran mi insaciable apetito cinéfilo.
Centrándonos ya en el meollo de la cuestión, ese día hubo un trailer que me llamó la atención especialmente: “Un ciudadano ejemplar”, una película cuyo argumento, por más que haya sido explotado en la gran y en la pequeña pantalla, no deja de ser interesante. Tras él subyacen dos polémicas muy a la orden del día. Por un lado, la pena de muerte como pena máxima de castigo dictada por la Ley de un Estado. Y por otro lado, el eterno debate sobre si es posible o no marcar claras diferencias entre venganza y justicia. ¿Dónde está el límite de una y de la otra?

Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua (RAE), la justicia es una de las cuatro virtudes cardinales, que inclina a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece. El diccionario también equipara la justicia a otros cinco conceptos que, de alguna manera, la definen con un poco más de precisión: por un lado, derecho, razón y equidad; y por otro, pena o castigo público. La venganza, en cambio, es la satisfacción que alguien se toma del agravio o daño recibidos.
Con el diccionario en la mano, podemos comprobar que en teoría la línea divisoria parece estar trazada con una cierta lógica pero, a la hora de la verdad, la reacción ante una injusticia provocada no puede ser siempre equilibrada por nuestra parte. Somos seres humanos que sentimos y padecemos. Por eso es tan difícil pedirle cordura, equilibrio y sangre fría a quien sufre por culpa de otro. El que se siente herido está inevitablemente cegado por la sed de venganza, de modo que tiene la imperiosa necesidad de “tomar la justicia por su mano”. Pero antes de seguir, maticemos un poco esta frase, pues es habitual utilizarla sin pensar que podría no ser correcta.

Pues bien, si atendemos a las directrices marcadas por la RAE y nos basamos en argumentos meramente etimológicos, sería mucho más atinado decir “tomar la venganza por su mano” y no la justicia. Mientras que la justicia es la pena o castigo que la correspondiente institución jurídica impone al presunto culpable de un delito (y siempre conforme a lo que detalla el marco legal de un Estado), la venganza es la acción que la víctima o su más allegado lleva a cabo al margen de la ley.
A veces uno se contenta con imaginar la venganza perpetrada, pero en otras ocasiones (quizás algo más severas y con tintes muy dramáticos) las ideas que a uno le pasan por la cabeza saben a poco, por lo que decide pasar a la acción (como el protagonista de la película “Un ciudadano ejemplar”). Lógicamente insatisfecho con la pena adjudicada por los Tribunales de Justicia, necesita sentirse mejor con una vendetta particular, la cual siempre será para él mil veces más justa que la pena impuesta por un juez.
Por otra parte, hay que tener presente el apoyo social que la víctima recibe. Un crimen, cuanto más horrendo, más conmueve a la opinión pública, de modo que casi nunca la sociedad verá con malos ojos la venganza si ésta se lleva finalmente a cabo. Eso es lo que sucede, ni más ni menos, cuando un grupo terrorista como ETA perpetra uno de sus crímenes. Entonces, es cuando la sociedad entera reclama un mayor rigor penitenciario y no penas de 130 años que, después, acaban siendo irrisorias. Nuestra lógica humana, y para nada reprochable, pide a gritos una devolución proporcionada de los perjuicios causados.
Dicho esto, mi opinión es la siguiente: lo normal es que nadie quede cien por cien satisfecho con la sentencia impuesta por los Tribunales. Esa gran justicia que reclamamos con pancartas y gritos de protesta es algo inalcanzable. Ni siquiera haciendo “justicia” por nuestra cuenta lograremos reparar el mal que ya se ha hecho. Todavía no se ha inventado una pena que nos haga recuperar lo que ya se ha perdido. Por lo tanto y mal que nos pese, entre la venganza y la justicia sólo tenemos la ley, una herramienta que, al menos en teoría, nos mantiene a ralla y nos impide ir dando palos de ciego sin orden ni concierto. El mundo sería un campo de batalla sin las leyes… aunque éstas en ocasiones se puedan quedar cortas.
Etiquetas: 
