Hace ya algunos días, me encontraba yo desayunando y leyendo la prensa al mismo tiempo (lo cual hice por el puro placer de nutrir cuerpo y mente de un modo simultáneo y, no como creen algunos, para estimular el tránsito intestinal), cuando mi atención se detuvo en esa doble página que dedican la mayoría de diarios a la crítica de las películas y espectáculos cuya emisión está programada para el día en curso. Por si alguien no ha reparado en la existencia de dicha sección, lo cual es usual y más que comprensible, advertiré que se encuentra junto a la guía de programación diaria, probablemente aprisionada entre dos ostentosas secciones que nos deleitan con los retratos de universitarias de ilustrada delantera cuyas gentiles manos obsequian con masajes de gozosa culminación. Perdón por regodearme en tan morbosos pormenores pero siento cierta fascinación por tales clasificados.
Pues el caso es que aquella ociosa mañana de vacaciones se me antojó ojear el apartado televisivo de un renombrado diario regional, y cuál fue mi sorpresa al encontrarme con una sarta de pedantes y reiterativas vilezas de abigarrada palabrería pese a su nula significación, donde debí hallar un mero análisis de realidad televisiva nacional. No pude dejar de pensar en el gran desprecio al telespectador medio que tales comentarios encerraban. Y me pregunté de qué mugrienta y lúgubre caverna habrían emergido los paladines de la crueldad periodística que, agazapados tras su propia mezquindad, aguardan, probablemente tras unas grandes gafas de pasta de montura “vintage” (que ni siquiera están graduadas pero confieren un aire sofisticado a quien las luce) y descansando sus cargantes intelectos sobre dos dedos apoyados en el mentón, a que acontezca un desliz argumental en cualquiera de los programas que tan deseosamente contemplan. Ciertamente, lo único que me consuela es percatarme de que su extensa difusión en los medios, así como su aparente impunidad, se deben a su escasísima influencia en la industria cinematográfica y televisiva y en el público general, y no a lo contrario.
Debo admitir que, en los últimos tiempos, no he visto mucha televisión. Y no porque desprecie “la caja tonta” (de hecho este apelativo me parece más adecuado a la cavidad craneal de algunos sujetos que a uno de los más fabulosos inventos del siglo XX), ni porque crea que sus ondas penetren en mis redes neuronales incitándome a cometer actos impuros o adquisiciones compulsivas (aunque lo cierto es que adoramos apelar a nuestra exigua voluntad cuando no somos capaces de reprimir nuestros instintos más bajos; véanse nuestras propias madres y sus célebres “mi hijo fuma porque sus amigos también lo hacen” o “mi hija está embarazada porque el novio la cameló”). Se trata simplemente de que tengo mejores cosas que hacer, la mayoría de las cuales transcurren lejos del sofá de mi casa. La que a partir de ahora denominaré “caja útil” esta ahí para relajarnos, distraernos y, en definitiva, hacer nuestra existencia un poquito menos ingrata. Considero que la mayor parte de nosotros estamos más que capacitados para discernir entre un bodrio y una obra maestra (aunque éstas, según los críticos, sólo sean emitidas los domingos a las cuatro de la madrugada en La 2 en forma de película subtitulada y en blanco y negro). Mas si el visionado de dicho bodrio atesta de gozo nuestro atribulado sensorio, ¿quiénes son ese hato de relamidos cuellilargos para aconsejarnos que no lo veamos? ¿No será que aquéllos que tanto se ensalzan contra la malsana influencia de un medio ansían abocar a la humanidad a otra mucho más tortuosa corriente?
Que nadie infiera de mis vaguedades que mi finalidad al escribir este artículo (si es que tengo alguna, lo cual todavía ignoro) es “hacer crítica” del periodismo, profesión que respeto, aprecio, y, en algún momento del pasado, anhelé para mí misma. A mi juicio, los críticos no son más que la minoría reprobable desprendida de cualquier colectivo humano o natural, pero, al igual que dentro de cada uno de tales colectivos, existen auténticos maestros de la crítica que hacen gala, escrito tras escrito, de una incuestionable y portentosa valía profesional. Y, para quien se haya quedado con la duda, la comunidad científica todavía está a la espera de hacerse con una explicación racional a los supuestos efectos laxantes ejercidos por la prensa escrita, si bien los efectos vomitivos, para nuestra desgracia, son bien conocidos por todos.



Ese final me ha dejado tocada, Cárol. Menuda profesión la mía, jejeje. Pero sí, tienes mucha razón en lo que dices. Al fin y al cabo, un crítico no es más que una persona que sabe un poco más de algo y casi nada de todo. Aunque es cierto que una crítica siempre tiene una serie de datos objetivos que argumentan la valoración vertida, al final el conjunto viene a ser eso mismo: una opinión particular que algunos compartirán y otros, evidentemente, no.
El cine carece de reglas fijas. Por eso es tan especial. Podemos decir con plena seguridad si éste es un buen o mal encuadre, pero jamas lograremos ponernos de acuerdo en si la historia que nos están contando es emotiva o es un peñazo. Cada uno dirá una cosa distinta.
También hay críticos que se ven empujados por una corriente de pensamiento elitista que viene a decir que lo raro (y todo aquello que se emite más allá de las 12 de la noche y en TVE2) es bueno por naturaleza. Craso error. Afortunadamente, en este mundo hay de todo un poco y la televisión está para disfrutarla y criticarla, puesto que todos (en poca o en mucha medida) somos unos críticos natos…. NOS GUSTA CRITICAR Y OPINAR DE TODO. También hay quien critica sin saber…. y eso es mucho peor.
Me siento como un tipo afortunado por no leer esas críticas y sí un consumidor de la televisión.
Ni siquiera esta crítica sobre los críticos la he leído por mi cuenta, me la han leído en voz alta y esto tampoco lo he escrito yo, lo he dictado. Lo prometo.
¿Y quién ha sido el pobre que te ha leído el artículo y escrito el comentario? INCREIBLE. Espero que sea una broma, jejeje….
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